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Invierno - Calentando el círculo

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Invierno - Calentando el círculo

Mensaje por Malkaia el Jue Dic 07, 2017 8:02 pm


Invierno

Parte II



Círculo Rojo

Almacenes — Zona Portuaria

19-Nov — 2:35 AM


Cuando la campana sonó la banda no dejó de tocar y mientras Dilan hacía las presentaciones fijé la mirada en el hombre más próximo al círculo; ése que al parecer sería mi rival. Se trataba de un hombre de unos 60 o 65 años. Fornido, curtido. Se veía duro como un roble. Vestía como un monje pero bebía y se abrazaba de esos culos de importación como un purrete. Al parecer él tampoco era nativo del País del Hierro porque sólo bebía sake (algo poco común en una tierra tan fría). ¡CON USTEDES GOUKEN! Gritó entre el aquelarre aquel ex-shinobi que me había metido en el circo, a lo que la gente respondió con ovaciones y tirando cerveza desde sus jarras. El viejo se paró en el círculo alzando las manos mientras el público seguía arrojando bebida sobre el luchador y el círculo. Lo cual implicaba que el suelo iba a estar pegajoso y que todo esto no se trataba en lo más mínimo de un evento competitivo sino del capricho de violencia de un montón de hombres sin mujeres y sin otra cosa en que tirar su fortuna. Cuando Bō acabó de hacer mi presentación todo lo que se oyeron fueron abucheos y en vez de cerveza recibí algunos escupitajos; los cuales cesé con una simple mirada encendida al intrépido imbécil que tenía más cerca. La polka seguía sonando mientras la banda transpiraba. El tal Gouken no paraba de invitarme con su mano a que hiciera el primer movimiento. Al parecer no habían muchas más reglas que no usar armas ni ningún tipo de jutsu puesto que no hubo otra introducción. -Vamos tigre. Da tu mejor golpe. Insistía el viejo evidentemente ebrio. -¿Qué pasa?¿Crees que estoy muy viejo? ¡He matado osos más grandes que tú!¡Anda da el golpe! Lo observé un rato mientras daba pequeños saltos dentro de una posición bastante estrecha. Había visto ese estilo antes. Típico de los borrachos de cantina.
-Pelea. Insistió el viejo por última vez. Sólo intentaba analizar un poco su estilo. Pero parecía un callejón sin salida, estaba empecinado en que atacara primero. Y eso hice. Retiré apenas unos centímetros el pie hacia atrás y di un golpe directo con la derecha de lleno en su cara. Al principio pensé: fue inútil; ni siquiera logré moverlo del lugar. Pero a los breves segundos de haber impactado la cara del viejo empezó a "chorrearse" de mi mano. Estaba completamente inconsciente y un poco hinchado. El estupor fue generalizado. Al parecer nadie esperaba ese resultado del primer combate. Bō apenas pudo devolver al público a su atención por la bebida y las mujeres con la promesa del próximo combate. Algo parecido a un paramédico sin licencia atendía al caído mientras algunos prestamistas y sicarios de Gato discutían todos a la vez. Me retiré un poco intentando inútilmente no llamar la atención pero fui rodeado de cuerpos y miradas de reprobación. No estaba haciendo amigos.

Dilan escapó de entre los ampones que le reprochaban los resultados de sus apuestas y se justificaba diciendo que era eso lo que ellos habían pedido. A la distancia alcancé a escuchar: -Hablaré con él. Claro que más que una reprimenda la sonrisa de Dilan mientras caminaba hasta mí y me sacaba de ese círculo de miradas que me condenaban. -Vas bien perro. No importa lo que pase no te detengas. A pesar de estar apartados miró hacia un costado como comprobando que no lo escuchasen. -Sé que puedes con ellos; sólo intenta que te golpeen lo menos posible. El resto de los luchadores no estarán tan confiados como el viejo. Van a ir por tí. Y van a ir con todo. Dijo palmeándome la espalda con tacto seco y se alejó para volver a internarse entre la multitud. Tomé una de las botellas de agua que descansaban sobre los contenedores y me la rocié encima. No estaba cansado, pero hacía demasiado calor en ese antro.

Tal y como a la mafia desamparada se le había prometido las damas empezaron a desnudarse sobre las cajas y entre la gente. Hubo una en particular que llamó mi atención. Desnuda de la cintura hacia abajo y con una melena llena de rastas que debían llegarle a la cintura, sus ojos eran celestes como las cumbres de las montañas fundiéndose con el firmamento. -Hola guapo. Soy Savi. Interrumpió una niña disfrazada de puta con fuego y hambre en los ojos. No le presté mucha atención mientras se acercaba y me tocaba los brazos con sus pequeños dedos. Seguía mirando a leona que se paseaba rozando sus nalgas la una con la otra con un ritmo hipnótico. -Se ve que eres fuerte. No sabes lo bien que me vendría un amigo como tú. Insistió la chica apretándose contra mi cuerpo y poniendo su boca muy cerca de mi máscara. Desvié mi mirada hacia ella un instante y la deje hacer. -Mi papi te dejará jugar conmigo. Pero no te dejará conservarme. ¿Verdad que es una lástima? Desvié la mirada nuevamente a la morena pero ésta se había marchado. -No me interesa. Respondí secamente. -¿Te gustan mis tetitas? Dijo minetras insistía abriéndose la camisa con un dedo y acercanodo sus senos de pupila a mi rostro. Los miré con los mismos ojos que miraba el pan cuando salía del horno y sentí su humedad en mi boca. Pero no estaba ahí para consumir placeres. Sólo me interesaba cumplir el trato. -Están bastante bien. Dije, intentando no ser tan recio (lo cual me resultaba un poco difícil). -¿¡Bastante bien!? Son las peras más dulces que viste en tu vida lindura. Dijo la chica alejándose un poco y sacando un cigarrillo de su pelo recogido. Lo encendió y luego de dar una bocanada me escupió el humo en la cara. -Yo te conozco. Eres el que cría los perros en la montaña. Afirmó con seguridad y ninguna preocupación. Me asombró de hecho que me conociera porque yo jamás la había visto. Salvo. Claro... Ella era la jovencita que siempre rondaba en la cantina de Bō. Ahora entiendo que buscaba clientes. -Yo no los crío... Sólo vienen a mí por refugio. La mayoría de los perros atacan al ganado de montaña y terminan muertos por los arrieros. Expliqué un poco más relajadamente. -Entonces... ¿Tienes un nombre dulzura? Dijo levantando una ceja en un intento de persuadirme. -Deja de ponerme apoditos. La reprimí sin severidad. -Lo haría su supiera tu nombre. Dijo después de fumar lenta y sensualmente una nueva pitada. Se rió como una mapache rojo y soltó los brazos cruzados sólo para que sus pechos se mecieran con la caída. -Malkaia. Dije tomando su diminuta mano en la mía. Sus ojos comenzaron a brillar extrañamente y cuando intentó acercarse se giró repentinamente como si hubiera oído disparos detrás. -¡Son esas brujas! Dijo mientras apenas se levantaba el vestido con una mano y tomaba los tubos de mi máscara con la otra. -No dejes que te seduzcan. Recuerda que eres mío cositos... Sólo mío. Y antes de darme cuenta llevó la mano que aún tenía agarrada a su pubis caliente y mojado para rozarla suavemente contra sus labios. Se rió con dulce diablura y me guiño un ojo antes de enfrentar a las cinco pumas de montañas que se acercaban afilándose las uñas y relamiéndose. Las golpeó con el hombro a pesar de su baja estatura y desapareció entre los rufianes. Las mujerzuelas hablaban sin decir nada. Una de ellas olió mi mano y se retiró con un simple: -Ya no me sirves. La otra me chupó los dedos y me prometió que su coño sabía mejor que el mejor vino de la bodega. La verdad no iba a averiguarlo. Pronto volvió a sonar la campana y las rameras se apresuraron a quitarme los zapatos y la camisa para dejar a la vista mi torso desnudo. No alcancé a ver al segundo luchador porque estaba cubierto por una capucha negra. Un hombre le hablaba al oído. Parecía ser su  entrenador y amo. Entre las siluetas parecía incluso más bajo que el viejo que había derribado antes. Decidí no confiarme. Si era ligero iba a ser mejor estar atento.

La jauría desaforada clamaba su nombre y mi sangre. Lo llamaban Matsuda.  Parados el uno frente al otro se podía sentir la vibración en la distancia que nos separaba. El muchacho se quitó lo que traía encima revelando una figura atlética de piel morena y pelo crespo. -Te acabaré ahora. Dijo con el rostro serio y la voz desbordante de seguridad. Bajó el pulgar apuntando a la pintura roja que nos rodeaba y unía. Eramos dos corderos de la sed de un pueblo sanguinario. Al ver que no le daba mayor respuesta que sonar mis dedos, el muchacho comenzó a correr dando un rodeo hacia mí. Parecía querer tomar la ofensiva y sin embargo no se arriesgaba a lanzarse sin antes calcular un hueco en la defensa. Casi cortando la trayectoria de su carrera en el aire se lanzó hacia mí para luego retroceder. La tentativa de acercamiento me obligó a lanzar un puño al aire. Si bien mi velocidad no era lo que más destacaba tampoco tenía un ritmo lento y mi mano rozó la nariz de Matsuda advirtiendo que la próxima vez impactaría sin defecto ni piedad. El muchacho era ciertamente ágil pero aún no podía medir cuanto de incisivo podía llegar a ser su estilo.

El moreno volvió a abalanzarse pero esta vez, en lugar de retirarse en una finta se agachó y estiró la pierna que no le hacia de apoyo directo a mi mentón. El golpe fue veloz y no pude hacer nada para esquivarlo. Obligado por el mareo retrocedí dos pasos a lo cual el muchacho reaccionó atacando rápida y continuamente con dos golpes de puño a mis abdominales. A pesar de ser bastante más liviano que yo en peso y masa sus golpes castigaban como los monzones en verano. Bajé mis codos para dejar de recibir su azote y lancé un manotazo que logró atrapar su ropa, pero lejos de lograr acercar su cuerpo inerme la camisa se rompió y el muchacho volvió a zafarse. Dando demostraciones de su agilidad movía los brazos y piernas recordándome un poco el estilo de la grulla. Embestí contra él pero agilmente saltó a la altura de pisarme la cabeza antes de que mi cuerpo se derrumbara contra el límite del círculo. Mis ojos podían ver la línea roja entre sobrevivir y el gris cemento de la derrota. Si pisaba fuera del círculo la pelea habría acabado y Dilan habría perdido algo más que un local.

-Das pena. Ni siquiera pudiste esquivar mi primer ataque. Dijo el muchacho despectivamente mientras se hinchaba de orgullo al ver que la pelea y la multitud se inclinaban a su favor. Quizás ése fue el error que hizo que se confiara. Aún en el piso puse mis manos sobre el suelo para levantarme. El muchacho, en un exceso total intentó patearme las costillas pero en un movimiento brusco giré tomando su pierna y tirándolo al suelo y acto seguido di un terrible golpe en el esternón. Matsuda escupió todo el aire que le quedaba en el pecho y cayó inconciente. Era la segunda vez que mi fuerza era sobrestimada y probablemente la última. La mayor parte de la gente, incluyendo a los peleadores, tragó saliva al ver la violencia con la que el torso del muchacho se apretaba entre el puño y el suelo. Una parte del público se cubría la boca asombrada y preocupada por el moreno, la otra comenzaba a sonreír por la fiereza de mi estilo.
País del Hierro - Puerto




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